Es Domingo. El día en el que las casualidades se ahogan en una taza de café. El día en el que la melancolía se adueña de las calles. Esos días en los que perforamos la herida y la hacemos sangrar, quizá para sentir un poco de calor en ese silencioso escurrir de la sangre.
Es cómo si un halo impensado tiñese todo de una sensación. No puedo describirla a la perfección porque es pendular. Nunca estática. A veces creo que no va a suceder, que será un Domingo distinto (alegre). Y al rato sin previo aviso, al mirarme al espejo, me la llevo puesta. Tristeza. ¿O desazón? Eso creo que es. Cómo si a todo este caldo en el que vivo hirviendo le faltase sabor. El calor. Esa analogía constante entre el dolor y la satisfacción.¿Me duele porque quema, o es ese calor lo que me percata del estado continuo de "vivir"?
Y otra vez comienza el circulo vicioso de las preguntas sin respuesta. ¿Tendré que ponerme a leer filosofía para saciar esta sed de retórica impetuosa? O no, seguro tengo que observar el pensamiento y dejarlo ir. Algo así como cuando meditas. Observarlo y seguir transcurriendo este Domingo de "paz", de calma. De nada. Tratar de agregarle rutina al día más ocioso por excelencia. Intentar disimular la agonía de las preguntas abiertas. Aprender a convivir con la incertidumbre. ¿Por qué no se puede emprender esta tarea un Domingo? Y sigo haciéndolo. Sigo abriendo ventanas, hasta saturarme.
Tengo cosas para hacer, como todo mortal, claro. Pero me desconcentro. Pienso y pienso en todo esto a lo que no le encuentro sentido. Pienso y se que es normal, pero no me siento normal. (¿Qué es lo normal?)
Sigo. Basta. Hay que colgar la ropa. La pava se enfría y ni siquiera cebé el primer mate. (¿No había café?)
Al caer la tarde me duele la cabeza. No salí en todo el día de casa, tampoco me cambié la ropa desde que me levanté. Ni atiné a peinarme. (La culpa) La culpa de no haber hecho nada de eso me da una trompada. Son las 12 de la noche, mientras escribo y caigo en la cuenta de todo esto. En todo el día no salí de casa. Qué mal. (Pero estoy feliz). Pero qué ociosa. ¿A dónde me va a empujar este ocio? (Pero lo necesitaba, quería descansar. Amo estar en mi casa) El encierro te consume y te despoja de las convenciones sociales. No podés. (¿A quién le hablo?¿ A mi misma o a la sociedad? ¿Me estoy queriendo convencer de que lo que hago por placer está mal?)
Si puedo. Y porque puedo lo hago. Puedo estar todo el día encerrada. Y estudiar. Y leer. Y amar.
Y amar, si. En silencio, pensandote.
Y estudio y pienso en tus ojos. Y leo historias y en mi cabeza aparece tu sonrisa. Y miro el atardecer y la brisa me recuerda al perfume de tu piel. Pero me miro al espejo y está todo mal.
Es un Domingo de agonía. (Otra vez lo mismo)
Será algo de la energía. Será una imposición social. Será mental.
Será.
Será que es Domingo. Y cuando es Domingo no hay reglas.
¿O si?
Es cómo si un halo impensado tiñese todo de una sensación. No puedo describirla a la perfección porque es pendular. Nunca estática. A veces creo que no va a suceder, que será un Domingo distinto (alegre). Y al rato sin previo aviso, al mirarme al espejo, me la llevo puesta. Tristeza. ¿O desazón? Eso creo que es. Cómo si a todo este caldo en el que vivo hirviendo le faltase sabor. El calor. Esa analogía constante entre el dolor y la satisfacción.¿Me duele porque quema, o es ese calor lo que me percata del estado continuo de "vivir"?
Y otra vez comienza el circulo vicioso de las preguntas sin respuesta. ¿Tendré que ponerme a leer filosofía para saciar esta sed de retórica impetuosa? O no, seguro tengo que observar el pensamiento y dejarlo ir. Algo así como cuando meditas. Observarlo y seguir transcurriendo este Domingo de "paz", de calma. De nada. Tratar de agregarle rutina al día más ocioso por excelencia. Intentar disimular la agonía de las preguntas abiertas. Aprender a convivir con la incertidumbre. ¿Por qué no se puede emprender esta tarea un Domingo? Y sigo haciéndolo. Sigo abriendo ventanas, hasta saturarme.
Tengo cosas para hacer, como todo mortal, claro. Pero me desconcentro. Pienso y pienso en todo esto a lo que no le encuentro sentido. Pienso y se que es normal, pero no me siento normal. (¿Qué es lo normal?)
Sigo. Basta. Hay que colgar la ropa. La pava se enfría y ni siquiera cebé el primer mate. (¿No había café?)
Al caer la tarde me duele la cabeza. No salí en todo el día de casa, tampoco me cambié la ropa desde que me levanté. Ni atiné a peinarme. (La culpa) La culpa de no haber hecho nada de eso me da una trompada. Son las 12 de la noche, mientras escribo y caigo en la cuenta de todo esto. En todo el día no salí de casa. Qué mal. (Pero estoy feliz). Pero qué ociosa. ¿A dónde me va a empujar este ocio? (Pero lo necesitaba, quería descansar. Amo estar en mi casa) El encierro te consume y te despoja de las convenciones sociales. No podés. (¿A quién le hablo?¿ A mi misma o a la sociedad? ¿Me estoy queriendo convencer de que lo que hago por placer está mal?)
Si puedo. Y porque puedo lo hago. Puedo estar todo el día encerrada. Y estudiar. Y leer. Y amar.
Y amar, si. En silencio, pensandote.
Y estudio y pienso en tus ojos. Y leo historias y en mi cabeza aparece tu sonrisa. Y miro el atardecer y la brisa me recuerda al perfume de tu piel. Pero me miro al espejo y está todo mal.
Es un Domingo de agonía. (Otra vez lo mismo)
Será algo de la energía. Será una imposición social. Será mental.
Será.
Será que es Domingo. Y cuando es Domingo no hay reglas.
¿O si?
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