Dos caminos tan alternos pero convergentes. Uno se demuestra en pequeñas acciones, cotidianas, casi imperceptibles. Son silencios, son momentos compartidos, es acompañarnos, estar incondicionalmente. El romanticismo se demuestra exageradamente, es inherente al amor, pero va por su propio camino. Exige grandes esfuerzos a veces, demasiada creatividad, romper con la rutina para trasladarse a algo similar a otra dimensión. El amor es la realidad, es el día a día. El beso de cada mañana, el calor de un café recién hecho, agarrarnos de la mano en cada caminata. El amor es cuidado: taparte si hace frío, prender la luz si te veo en la oscuridad, servirte un vaso de agua porque se que no tomaste otro desde que te levantaste. El romanticismo escapa de lo mundano, explora otros estadíos en los que la realidad parece lejana. Nada tiene que ver con lo cotidiano o esos pequeños actos de cuidado. Es como estar en otro planeta, como si los problemas quedaran atrás, como si no existieran. Es un papeli...
Con el tiempo entendi que no estoy sola. Que las ausencias planificadas no son soledad. Esperar un mensaje, una señal, no solo es mantener vivo algo que murió hace tiempo, es ponerme una venda en los ojos. El mensaje está implícito en el no-mensaje . En la ausencia selecta, adrede. En el vacío oscuro que elegiste crear. Ya no tengo ganas de permanecer en un estado de espera latente, conservando códigos, emblemas y confesiones. No necesito esperar mas nada, porque entendí. Sí, después de todo comprendí que es un sinsentido esperar algo que no existe o que murió hace rato. Pero lo mejor, es lo que descubrí: No te necesito en absoluto porque me tengo. No necesito que me valides, que me entiendas ni me encuentres. El amanecer me encendió en mil pedazos, cuando me ví pude rearmarme. Todavía estoy entendiendo cómo encajan las piezas, pero confío en el proceso. No necesito nada que no tenga en mis brazos.