He celebrado con euforia logros ajenos como si fuesen propios; de personas que hoy son tan lejanas que ni yo me reconozco frente a ellas. Cada vez que es mi turno pasa algo, es la historia de mi vida. Las personas que eligen quedarse son audaces. Sé que se arriesgan a compartir mi destino. Y por eso les admiro. Pero son pocos. Algunos son hasta superficiales, tan volátiles, que quizá en un año, solo sepa de ellos luego de esas dos conversaciones que inicié, en un arrebato de extrañitis y dolor agudo. Terminando siempre en lo mundano. Siento que estoy atada a un destino en busca de la profundidad, y todo es superficie. ¿Alguna vez voy a encajar en este mundo? ¿Alguien compartirá este dolor hasta las entrañas? Siempre siento que la equivocada soy yo. Fuera de lugar. La intensa. Debe ser la vez un millón que escribo acerca de querer ser una piedra. De no tener esta emoción a flor de piel. Y mirar el mundo, aunque sea por una vez, como lo mira el resto. De lejos, sin entromete...