He celebrado con euforia logros ajenos como si fuesen propios; de personas que hoy son tan lejanas que ni yo me reconozco frente a ellas. Cada vez que es mi turno pasa algo, es la historia de mi vida. Las personas que eligen quedarse son audaces. Sé que se arriesgan a compartir mi destino. Y por eso les admiro. Pero son pocos. Algunos son hasta superficiales, tan volátiles, que quizá en un año, solo sepa de ellos luego de esas dos conversaciones que inicié, en un arrebato de extrañitis y dolor agudo. Terminando siempre en lo mundano.
Siento que estoy atada a un destino en busca de la profundidad, y todo es superficie.
¿Alguna vez voy a encajar en este mundo? ¿Alguien compartirá este dolor hasta las entrañas?
Siempre siento que la equivocada soy yo. Fuera de lugar. La intensa.
Debe ser la vez un millón que escribo acerca de querer ser una piedra. De no tener esta emoción a flor de piel. Y mirar el mundo, aunque sea por una vez, como lo mira el resto.
De lejos, sin entrometerse. Sin estacionar, como quien diría: de paso.
¿Qué tanto se puede despreciar a alguien? O, ¿ por qué siento que me desprecian, al querer huir de mi?. Al querer seguir viviendo, sin involucrarse. Siento que asusto a todo el que se me acerca. Demasiado turbio todo.
Pero entre tanta tragedia, siempre hay una persona que elige quedarse, siempre. A pesar de todo: Alexis. Mi amor infinito. Con el si que compartimos el mismo destino. El mismo desencaje.
Quizá no estemos hechos para este mundo.
Se que ahi afuera también debe haber otres. Hombres y mujeres, desencajados. Que tampoco fueron hechos para este mundo. Necesito encontrarles. Abrazarles. Construir comunidad.
Necesito desencajar juntos.
Esta necesidad de compartir todo el tiempo, presumo que viene arraigada de una soledad siniestra, abrumadora. Que nunca se termina.
Qué bicho raro la soledad. Siempre está presente y su presencia sólo habla de ausencias.
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