No sé por qué. Si acaso es por todo. Si es por nada. No sé.
¿A qué viene de la nada este llanto impetuoso?. Ese nudo indescifrable, en plena garganta.
No sé de dónde. Perdí el mapa hace tiempo.
Será el cansancio, será el dolor, será la ausencia.
No sé de quién. Aunque no veo a otro candidato: solo a mi.
A fin de cuentas, lo único que sé, es cuándo.
Y es ahora, en este instante. Repentino, inesperado. Pero a la vez tan predecible. Es como si el cansancio me susurrara al oído, “ya estuve acá”. Como un abrazo cálido de un viejo amigo, entrañable. Y por eso visceral. Este grito de angustia, este nudo que me enreda cada vez más, que me absorbe. Que me roba la voz y me traba la mente. No puedo pensar, las palabras no quieren salir. El nudo; y esa presión en la nariz, entre los ojos. Rogando que no llueva, y ahí nomás tormenta. Me encuentro lúcida pero lejana. Sensata pero sin sentido. Rota pero emparchada. Y de fondo suena “...ya está, cuánta ambigüedad, esta vida me va a matar. Mi corazón vacío no soporta una ausencia más…” Y pienso que no lo sé tampoco. No sé si mi corazón soporta. No lo subestimo y por eso justamente, mínimo, le concedo el beneficio de la duda. Y capaz de ahí saco la fuerza. De esos instantes en los que me hundo. Tal vez para comprobar el fondo; debe ser por el vértigo. Digo, esa necesidad de comprobar el suelo. Que al fin y al cabo, convengamos, es una manera de autoengañarse, ¿no?
Si al final siempre comprobamos que podemos estirarnos un toque más, de que hay lugar para más dolor, en cualquier momento. Por lo que vuelvo a la primera pregunta por qué.
Será por ese conocimiento absoluto de sabernos resilientes y lo insano, lo tajante que es que SIEMPRE haya espacio para más dolor. Ojo, para resurgir y volver más fuertes también, es más: es proporcional. Pero, ¿no es desesperante?
Sabernos infinitos para aguantar. Sabernos capaces de todo lo que nos propongamos. O no.
Vendrá de ahí la ansiedad. De la mismísima incertidumbre. Como abrir una canilla para llenar un vaso invisible, pero que nunca rebalsa, siempre contiene. Plasmando una dualidad infinita, paradojica. Frágil e indestructible a la vez.
Entonces, al final, no sé que es lo que está conteniendo este envase infinito al que me entrego. Es decir: mi ser. Es todo y nada a la vez.
Y contra todo pronóstico, aprendí viviendo en este lugar, que si no llueve no brotan los pimpollos.
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